Amistades Repentinas
Tiempo atrás, conocí a Andrea. Llegó a mi vida cuando esta dependía de las palabras de alguien más, cuando fui resumido, simple y solitario. Todavía, en ese tiempo, tenía fe en fantasías y poca responsabilidad.
Nos conocimos —si mi mente no me traiciona— en una clase de publicidad. Fue un evento casual, propiciado por la falta de espacio, y, primordialmente, por la ausencia de Carla, mi mejor amiga, la cual, durante el verano del 2018, había alistado sus maletas y se había ido a España.
Fue por un intercambio estudiantil. Carla deseaba con todo su corazón irse del Perú, alquilar en un lugar recóndito de Europa una casa frente a un lago, y hacer de su vida una canción de Belle & Sebastian.
Andrea llegó en su reemplazo. Andrea también reemplazó a Carla.
Notarla no fue difícil. Era más alta que el promedio, tenía un estilo de vestir distinto y, claro, hablaba con un acento particular. Con el tiempo, aprendí con ella palabras del catalán.
Pero, claro, al inicio, nuestras conversaciones eran dudas simples e inocentes. «¿Cómo llegaste acá?». «¿Cuándo llegaste acá?». «¿Por qué llegaste acá?».
Andrea, imagino, respondía con paciencia una y otra vez las preguntas que mis amigos y yo le hacíamos. Sin embargo, cuando finaliza la etapa superficial de una conversación y los datos objetivos se vuelven escasos, las subjetividades cimientan los pilares de una amistad.
«¿Y tú qué opinas de esto?». «¿Y tú qué opinas de aquello?». «¿Piensas que está bien?». «¿Acaso está mal?».
Andrea y yo compartíamos los mismos códigos de humor y una sensibilidad particular hacia las mismas problemáticas sociales. Sin embargo, siempre consideré que éramos opuestos.
Andrea parecía tenerlo todo resuelto en la vida y yo la admiraba por eso. No se hacía dramas, no vivía de las comidillas, no se comía la cabeza imaginando posibilidades absurdas ni creaba historias hechas a base de anhelos. Yo, en contraposición, armaba idilios que nacían de pequeños gestos, me ahogaba en problemas diminutos y era demasiado sentimental.
No obstante, nos unía la libertad, el deseo de poseerla y la aventura.
La primera vez que salimos fue para ver un partido de la selección en un bar, junto a su hermano —que andaba de turista en el país— y unos amigos. La segunda vez fuimos a Magdalena del Mar, comimos dulces que ninguno jamás había probado. En la tercera ocasión, visitamos el Lugar de la Memoria —la primera vez de ambos—, y vimos una película venezolana sobre un niño que no quería cortarse el cabello.
Tal vez no en ese orden, pero qué importa, la verdad. Todo fue muy natural, sencillo, sin complicaciones. «¿Vamos?». «Vamos para allá».
Así, paulatinamente, en los descansos, bromeábamos, hablábamos de todo y nada a la vez, de libros, series de TV y los objetivos de nuestras vidas. «Luego me iré a la selva con una amiga que vendrá a mitad de año». «Quiero escribir un poemario, me gusta mucho escribir».
Andrea se convirtió mediante palabras y actos en la hermana que nunca tuve, la persona que complementó mi pasividad. Nuestra amistad no fue únicamente palabras de consuelo o anhelos encerrados en oraciones. Nuestra amistad navegó cervezas y juegos mentales, risas y canchas serranas, saladas, calientes, hechas para brindar.
Nos habituábamos a las mesas de madera, al sonido de una lager en los labios y las bromas que le seguían. Hicimos una sátira constante del mundo que nos rodeaba. Andrea, por ser española, atraía a chicos esperanzados en poder conquistarla; sin embargo, ella solo era propiedad de los pasos que daba. «Ostras, ¡qué heavy ese chaval!», me comentó alguna vez sobre. «Ala, es un huevón», respondía yo.
Hasta ese momento de mi vida, yo había definido la amistad como conversaciones y chistes inteligentes y esporádicos. Carla me había acostumbrado a ello: mi vida universitaria se volvió una monotonía sin querer; fue un bucle que consistía en ir a la universidad, sentarme con ella, bromear y acompañarnos al paradero.
Andrea, sin embargo, me llevó a estudiar, trabajar, reír, perderme luego de las clases y encontrarme en lugares que nunca pensé visitar.
Ella dejó eso en mí, antes de su despedida anticipada. Tiempo después comprendí, con el regreso de Carla y la división de nuestras vidas, luego de imitar sus juegos de cartas con otros colegas en tabernas y bares, que los amigos realmente pueden cambiar nuestras existencias.
Hoy con Andrea hablo algunas veces al año. Escucho sus audios y ella escucha los míos. Los míos son mucho más largos, realmente. Solemos saber de nuestras vidas gracias a fotografías publicadas en esa espiral llamada redes sociales. Y aunque ya no podemos hablar de los temas de antes, porque miles de kilómetros nos separan y cada quien tiene una vida paralela que gozar, estoy seguro de que si un día nos encontrásemos tomaríamos una cerveza y sería como hace años atrás.
Así me lo ha dicho. Yo se lo he prometido también.