La Navidad del 2012
Mientras sostenía el iPad y escuchaba tu voz, sentí que el mundo podría haber terminado allí. Tus palabras alimentaron mi imaginación. Ideaba expresiones ingeniosas para finalizar tus bromas y hacerte reír; y tú citabas autores como Salinger o Camus, y llenabas la habitación de música. Esa Nochebuena, tu voz fue mi única luz.
En el departamento ocupado por mi familia la Navidad nunca fue feliz. Durante los primeros años de mi vida, los 25 de diciembre, nos agrupábamos en una mesa, rezábamos, discutíamos y, luego, mi madre y yo llorábamos. «¿Por qué el pavo está tan frío?» «¡Carajo, nada se hace bien en esta casa!». «Ya, Gabriel, cálmate…». «¡Carajo!».
Gabriel no se calmaba. Golpeaba los vidrios, las puertas y, a veces, nuestros cuerpos. La Navidad era una conversación vacía, un preámbulo de abrazos nacidos en el consuelo.
Sin embargo, a veces soñaba con escenarios diferentes: tonos anaranjados, un banquete y canciones de Mickey Mouse. «Desearía no estar acá».
Tú, del otro lado, resistías. Pesabas la mitad de lo que debías y estabas internada, lánguida y azul. El colegio había terminado y tus padres, me dijiste, otro año te abandonaron en diciembre en una casa llena de niñas como tú, que lanzaban la comida detrás del jardín y cuyos labios nunca se unían del todo.
La boca siempre seca y los ojos que hablan. Tus palabras deshicieron mi mundo. Me dijiste que la verdad estaba más allá de los salones, que las clases eran monotonía. Me llevaste a leer. Me hiciste escribir. Y ejercité mi mano hasta olvidar el motivo por el cual inicié. Mis dedos originaron historias absurdas de un futuro nuestro en Alemania, idilios en Chicago, y cuadros de óleo pintados por ti incinerándose en un departamento de Buenos Aires.
Realicé malabares con las palabras. Las desordené, agrieté e hice que duren más de lo que deberían. «¿Por qué escribes los poemas así?». «Porque, mira, tienen un sentido, estas palabras son como legos, como rompecabezas, y la rima me da pereza». Te reías. «Escríbeme algo más esta noche».
Escribí. Arrastré tanto los dedos sobre las teclas que olvidé el colegio; aprendí la posición de las letras en el teclado, y quise ser escritor. Cuando vi mi reflejo en la pantalla oscura del computador, quise ser escritor.
Hice de ti, en consecuencia, una ilusión, una eucaristía. «Espero morir pronto, espero que mi vida no se prolongue demasiado». «No digas eso». «Me entretiene ver cómo me deseas; yo no podría quererme tanto».
No acabábamos la conversación. Siempre había algo nuevo de lo cual hablar. Bajo los adornos navideños, echado en el piso, te quise. Más de lo que me hubiese gustado admitir, más de lo que me quise a mí mismo. Diez años después pienso aún en ello.
La luz del iPad replicaba palabras que consumí. En la oscuridad de la noche, después de los gritos de Gabriel, encontraba consuelo en la melodía de las notificaciones del sistema operativo.
Mi rastro fue la grasa de mis huellas dactilares en la pantalla. ¿Así fue el amor para mí? Me dijiste que volviese a crear un cuento y yo solo imaginé un futuro nuestro, una casa llena de flores, cortes en las cortinas y libros que quisimos quemar.
—Aquí me siento sola, todas son como yo, pero hay un gatito. Amo al gatito.
—¿Y qué más?
—Hay un columpio, quisiera columpiarme allí.
—Yo me columpiaría contigo por toda la eternidad.
Esa Navidad ha perdurado en mí. Todavía pienso en el mutismo de los fuegos artificiales frente al sonido de los mensajes de voz; en la preocupación para que comas; en la inocencia de imaginar un departamento en el extranjero. Imagino que también hay fragilidad en el metal que sostiene el columpio. No he vuelto a subirme en uno.