Cuento con dedicatoria
Pensé el cuento como la historia de una niña defectuosa. Lidia me habló de películas de Sofía Coppola, sobre cómo se observaba en ellas y vicios llenos de deseo.
Empezamos a hablar largo y tendido. Pensé que me había enamorado de Lidia. Sin embargo, solo estaba obsesionado con su risa, sus silencios, su manera de sostener mis manos en los museos.
Lidia, sin embargo, tenía un novio con el cual, años después, terminaría casándose; y yo, consciente de ello, tomaba mi vínculo con Lidia como una anestesia del dolor, un limbo entre el amor y la amistad, un lugar donde no hay heridas ni sufrimiento. Lidia, entiendo yo, seguramente buscaba en mí un resguardo ante la ausencia y el silencio de su pareja, la cual venía a Lima cada quince días y le había ofrecido una vida sin carencias.
Entretanto, Lidia y yo habíamos pensado en el cuento: una niña rota que, con el poder de su imaginación, creaba mundos diversos y modificaba la materia al alcance de sus ojos; una niña marcada por la soledad; una niña que vivía en La Molina.
Nunca le dije a Lidia que la niña protagonista del cuento fue el primer y único amor de mi vida, que los pasajes que escribía del cuento eran desviaciones de mi imaginación, que los animales que sangraban hasta morir eran mi devoción por —digámosle así— Isabella.
Un año después del primer borrador, Lidia y yo leíamos el cuento y revisábamos en profundidad los detalles. Avanzábamos muy rápido, porque sabíamos que la universidad pronto acabaría y los paseos furtivos echados en el pasto ya no serían posibles.
Pero yo pensé que Lidia podría dejar a quien se convertiría en su prometido años después por mí. Imaginé que yo también podría involucrarme en su mundo, en los salones ostentosos, los cuadros rococó y los mausoleos con apellidos compuestos.
Lidia me dijo que no sería posible y dejamos de ser amigos luego de un beso.
Los años avanzaron. El cuento finalizó y tuvo una dedicatoria. A Lidia. Escribía en las pausas que me daba la vida, en los tiempos libres, fuera de la oficina o después de bañarme, desnudo en mi alcoba.
La niña del cuento tuvo una familia. La familia era una representación de la violencia contra las mujeres. Los hombres de la familia eran figuras violentas. El único hombre que no ejercía violencia no tenía sexo.
Fui impregnando el cuento de ornamentos hasta que se hizo irreconocible. Yo también, al verme en el espejo, veía a otro hombre. Camisas y pantalones. Surcos que se llenaban y vaciaban. El pelo se peinaba para atrás.
Un día dejé de escribir.
Cuando se lo conté a mi psicóloga, entendí que el amor que tenía por la vida se reflejaba en la cantidad de palabras que soltaba. Hablamos largo y tendido de Lidia, pero sobre todo de Isabella, de cómo cada elemento era simplemente una interpretación esquiva de la realidad que nos tocó vivir.
Eventualmente, también entendí que Lidia había sido una excusa para evitar comprometerme con otra mujer que no sea Isabella. Con el paso de los meses, volví a escribir.
En tres años conseguí que el cuento tuviera mayor extensión. La niña fallecía, su espíritu reencarnaba en un niño, una nueva masculinidad, sin violencia, con voz, sin violencia. El niño, luego del fallecimiento, iba a la casa donde la niña había fallecido y allí plantaba un árbol gigante lleno de frutas.
Mi vida también avanzó. El amor, sin embargo, se pausó. Los nombres de quienes aparecieron fueron breves, como las oraciones que terminan en verbos.
Cuando Macarena llegó a mi vida yo escribía muy pocas veces. Tenía tiempo sin volver a escribir un poema. Macarena llegó a mi vida y ni siquiera la noté, pero, poco a poco, entendí que había en ella algo que emitía ecos dentro de mí.
Macarena era diferente a mí, pero afín. No sostuvo mis manos en museos ni dejó heridas dentro de mí. Fue un conjunto de conversaciones breves y una admiración que desembocó en mí el ímpetu de querer escribir, o vivir distinto. A este punto, más o menos lo mismo.
Me olvidé de contar que tanto lo que sentí por Isabella como por Lidia fueron impulsos promiscuos. Fueron intensidades llevaderas. Lo que sentí por Macarena, en cambio, fue un cariño ejecutado en la calma.
Terminé dedicándole el cuento cuando lo terminé de escribir, borrando toda dedicatoria anterior. Me había tomado 8 años escribirlo. Me había tomado 8 años crecer. Nunca supe si estaba enamorado de Macarena.