Docilidad Aprendida
Nadie la obligaba a quedarse, pero Leila se ponía un poco inquieta cuando todos se iban. Era la primera vez que tenía un trabajo que le pagaba muy bien. La idea de comprar un departamento, un automóvil y operarse la nariz ya no era descabellada.
Al alistarse para el trabajo, se miraba al espejo con orgullo. Acariciaba sus blusas blancas y el resto de su conjunto solía tener un valor superior al de un sueldo mínimo. De camino a la oficina, en el tránsito, Leila imagina que algún día dejaría atrás San Juan de Miraflores y podría vivir, como lo hicieron varias de sus amigas en la facultad, en Barcelona, Madrid o Londres.
Trabajadora ejemplar. El gerente, usualmente, se acercaba a ella para felicitarla por los tiempos de entrega, la entrega y la buena actitud. Sin embargo, lo que más resaltaba para él era que Leila, cuando cometía un error, no tenía miedo de agachar la cabeza, escuchar lo que se le diga y solo asentir. Ella, mientras el jefe alzaba la voz, solía imaginar la recompensa de un retiro, llamar propio a un hogar. Se mordía la lengua.
En febrero llegó un cliente de China. El señor Cáceres, el gerente, le dijo a Leila que, para cumplir con lo estipulado en el contrato y, viendo su desempeño en el último semestre, ella se encargaría de la auditoría y preparación de la documentación.
Se presentó junto a ella frente a los inversionistas. Gordo, alto, torpe. Después de la reunión, le prometió que, si hacía todo bien, aumentarían su salario en un treinta por ciento.
Por un breve momento, Leila imaginó su vida en cubos de drywall, manos sudadas en botones de ascensores, listas de supermercados y plantas huérfanas.
Inició ese mismo día. Le dijo a su madre que llegaría tarde a la casa y, durante dos semanas, apareció en la esquina de su calle a las once de la noche, junto a Carlitos, el vigilante que vivía solo a veinte minutos, y que siempre la molestaba y le jalaba las canas que tenía en el cabello.
Cortes en las manos por la cantidad de papeles que tenía que archivar. Leila una vez confundió el olor de la tinta de la impresora con el de una gaseosa y tomó un poco de ella. Llevaba tres días alimentándose a base de galletas de agua y café.
Empezó a dormir en las oficinas. Encontraron sus chompas en el área de comunicaciones. Restos de su maquillaje fueron vistos en los lavaderos. Y, al verla en los pasillos, sus compañeros habían visto un grano persistir debajo de su labio.
El señor Cáceres, feliz, instaba al mundo a parecerse más a Leila, quien no volvió a ser vista durante esas semanas en los horarios de refrigerio.
Seis kilos menos después, la piel amarilleándose y los ojos perdidos, Leila entregó el reporte.
Se armó una pequeña celebración. Dejaron que se fuese a su casa temprano. El día de la entrega, el señor Cáceres mandó a traer pizza para todos y botellas de gaseosa. Todos aplaudieron la escuálida muchacha y diez minutos después continuaron con sus funciones.
Leila llegó a casa, se tumbó en su cama sin saludar a su madre, la cual no había visto en dos semanas, cerró los ojos y soñó con paredes grises y palabras emergiendo de ellas.
A la mañana siguiente, el celular estaba lleno de llamadas perdidas. Todas eran de la secretaria del señor Cáceres. «Ven rápido, es urgente».
Comió solo un pan y tomó agua del caño. Su sostén no estaba bien sujetado; la blusa tenía mal puestos los botones. Fue directo a la estación. Pasó entre los ambulantes con violencia. Se sentó en el bus. Todavía tenía legañas en los ojos.
Frente al señor Cáceres, Leila era diminuta. Vista desde lejos, la escena entre los dos parecía la reprimenda de un director a una estudiante. «El informe está bien», le dijo Cáceres. «Pero puedes hacerlo mejor. Hazlo de nuevo, y podremos hablar de tu aumento».
Se retiró y dejó a Leila sola en la habitación. Vio el documento de setecientas páginas hecho en dos meses. Derramó una lágrima que deformó las letras del título de la primera página.
Inició el proyecto de nuevo. Sin embargo, desde el primer día durmió en las oficinas. Leila se bañaba con los lavaderos del baño y dejaba su cajón del escritorio con rastros de comida y la humedad de las botellas de plástico.
Nadie quería acercársele. Aparte del mal olor que desprendía, la gente hablaba de lo arisca que podía ser. Sin embargo, un día su llanto se esparció por el comedor. Cerca de la impresora, estaba sentada en el piso. Su mano soportaba la presión de la grapadora. Rastros de piel y sangre manchaban el informe.
Carlitos, el chico de seguridad, al verla, trató de detenerla, pero Leila lo miró con ira, se abalanzó sobre él, lo mordió muy fuerte y casi le arrancó un dedo.
Todos se dispersaron y los hombres más fuertes redujeron a Leila en el piso. Carlitos fue llevado a la clínica media hora después, y Leila a la comisaría. A la mañana siguiente, un nuevo analista llegó a la oficina. El señor Cáceres le dijo que su tarea sería muy sencilla, solo tenía que realizar correcciones ortográficas. También le comentó que la chica que había hecho el informe era muy talentosa, pero terriblemente temperamental.
El analista sonrió e inició a trabajar, pero minutos después gritó del asco. En el cajón de su escritorio había rastro de sangre y moho en las esquinas.