El amor es un rato
Quince años atrás, le prometí a Isabella que la querría por el resto de mi vida. No fue fácil en su momento. Isabella y yo éramos una misma persona, o éramos una persona compuesta por dos partes, o éramos dos personas que satisfacían a un solo cuerpo. Isabella y yo éramos ella. Durante el tiempo que interrumpí en su vida, Isabella me enseñó a escribir. Todas las noches, antes de dormir, me pedía que creara un cuento, dando como resultado ejercicios lúdicos que se transformaron en mi estilo de vida. Modifiqué, así también, la manera en la cual mis ojos se aproximaban al mundo; a veces, cuando me percataba de las hojas caídas en la grava y las arrugas en las paredes, pensaba en causas y consecuencias, en personajes que no eran personajes, en imitaciones de Isabella y yo.
Un año después de la primera interrupción, Isabella me hizo descubrir que mi amor era incondicional y, hasta cierto sentido, era como un diluvio. Mi amor era un río que se desborda, un vaso que se rompe. Mi cuerpo era solo un vaso de cristal.
Mintió, manipuló, ordenó todo. Hay tantos verbos que podría enumerar, aunque hoy, cada vez más, es difícil decir qué pasó y qué no. Pero sé que mi mente decidió erradicar lo malo y mantener en mi memoria solo las tardes jugando videojuegos en mi cuarto, tapados con una colcha gris y la marca del sol en las paredes, una figura geométrica obtenida como resultado de la ruptura de uno de los vidrios de la puerta de mi cuarto.
Al quinto año, Isabella desapareció. Las adicciones fueron demasiado. Yo me tardé en erradicarla de mi sistema.
Viajé a Estados Unidos, me eché en campos llenos de nieve, conocí amigos de Europa del este y quise ser escritor. A veces, todo romántico y tonto, escribía en blogs de notas poemas tristes de amor. A veces, todo romántico y tonto, escribía párrafos que trataban de resumir lo que viví con Isabella. A veces, escribía.
Pero la escritura, sin ella, era palabras sin sentido. No había una función. ¿Servía realmente escribir si ella no leía lo que escribía? Isabella me decía, antes de dormir, que mis cuentos alegraban su día, que hacía más llevadero el hambre, el dolor de los moretones y el sabor áspero que dejan los cigarrillos en la boca.
Yo nunca fui muy fanático del tabaco, pero en Wisconsin, un año después de la ausencia de Isabella, pensé que fumar, seis grados bajo cero, me haría olvidarla. Mientras el humo era expulsado entre mis dientes, pensaba que tal vez, algún día, volvería a verla. Encontré el rastro de Isabella en las mujeres con las cuales estuve. Eran su negación o la confirmación de que, si buscas bien, hay imitaciones nuestras en otros; que, si buscas bien, nosotros somos otros.
La lista no fue muy grande. Pero, durante años, quise que alguien me hiciera sentir lo mismo que Isabella hizo que sienta: la angustia de la desaparición, el consuelo del retorno, el dolor de la mentira y la felicidad tras el perdón.
Entonces, cinco años después, Isabella regresó. Me dijo que no recordaba nada, que quería ordenar mi cuarto y ver las cosas nuevas que había escrito. Imaginé, sin embargo, que quería hacer el amor.
Nos vimos en la plaza de armas de Barranco. Yo recién iniciaba a trabajar como periodista. Isabella había cumplido su sueño de ser arquitecta de interiores. Sentí, sin embargo, que al vernos, los niños que habitaron nuestros cuerpos diez años atrás de ese encuentro, se manifestaron. La seguí, sosteniendo mi bicicleta, por el malecón. Conté los pasos que dábamos, noté las rasgaduras de sus panties y vi con deseo su short.
Isabella me dijo que pronto podríamos vernos cerca de donde vivía, en Monterrico. Le mentí. Le dije que sí, que no habría problema.
Esa fue la última vez que vi a Isabella. Y para mí, fue perfecto. La vez anterior, había ido a mi cuarto y, mientras nuestros cuerpos se deshacían el uno al otro, solo podía pensar si realmente la quería.
Quise mucho a Isabella. Ha sido la única mujer en la vida a la cual le dije «Te amo». Dos conejos viendo la luna. «Te amo». Una llamada en Navidad, internada por problemas de anorexia. «Te amo». Las novelas de Salinger y poemas de Rimbaud. «Te amo». Besos en los brazos lesionados. «Te amo». Las notas desaprobadas de la universidad. «Te amo».
Cinco años después, Isabella se ha convertido en la unidad de medida de mi amor o dolor. Todavía hoy sigo debatiéndolo.
Un día no quise trabajar y fui al psicólogo. Ingresé a una llamada en Meet, y una chica un poco más joven que yo, me hizo ver cosas que ya había visto. Isabella se había convertido en mi trabajo, mi habitación, mi despertar, mis amigos y mis amores artificiales.
Dos años después de la primera sesión todavía decía su nombre. Todavía la mencionaba, aun cuando no quería hacerlo. Tatiana, mi psicóloga, me dijo que se trataba de un trauma. Lo tomé como verdad y me dio algo de consuelo.
Isabella falleció a finales del año pasado. Sentí mucha pena y nostalgia, pero su muerte marcó en mí el inicio de una vida nueva, donde ya no tenía miedo de volvérmela a topar, donde la idea de una ciudad sin esquinas era próxima y alcanzable.
El año pasado, también, volví a sentir amor. Volví a pensar en manos que tiemblan al cortar un poco de papel. Conocí a una persona, que parecía tener heridas similares a mí. No la abracé, no quise enamorarla, no supe cómo. Pero el consuelo de no haber pensado en Isabella cuando ella apareció en mi vida, hizo que todo se sintiese diferente.
Digamos que al final no rompí mi promesa. Al menos, eso quiero creer.