Madre de un Hijo
Silvana era solo una mujer más. Pese a que en las semanas anteriores habías insistido en que era distinta, un poco defectuosa. Nos dijiste que el hecho de haber tenido una criatura a los 15 años había marcado para siempre su vida. Sin embargo, cuando estaba prendida de tu cuerpo, decías que era otra mujer más.
No tenía dueño, mucho menos buscaba tenerlo. Pero tú te pusiste terco con esa idea, y pensabas que sí, que buscaba en ti consuelo y apoyo, aunque Silvana hubiese crecido sola, simple y sagitario; y no necesitaba de un hombre, y, me dijiste, que su adolescencia era, en resumen, un conjunto de besos arrebolados, muslos agotados y atardeceres que sabían a sal.
Silvana. Repetiste su nombre varias veces antes de mentirte a ti mismo, diciéndonos que te habías enamorado.
No entendías por qué, o preferías no creerlo. Pero ambos sabíamos que ya estábamos creciendo y que los amigos nuestros iban emancipándose, aumentando el tamaño de sus panzas y comprando departamentos. Tú, en cambio, eras abandonado y abandonabas; pedías dinero a tus padres, y, en el trabajo que odiabas, buscabas consuelo en canciones que pensabas que podrías componer.
¿Dónde te llevó la soledad? ¿Por qué te costaba tanto estar solos? Decorabas tu idea de la felicidad con acordes musicales y juegos de palabras simples que también hubiese podido imaginar un niño de ocho años. Silvana, en cambio, te hablaba de circunstancias materiales, restaurantes y paseos en motocicleta.
No eran tan compatibles, pero el deseo nació en la escasez. Al deseo, malamente, lo llamaste amor. Y el amor convirtió la cadencia de tus mensajes de textos y de voz en la cadencia de su cuerpo encima de ti. Solo allí pensabas que Silvana te haría feliz, que, en el trabajo que compartían, ambos podrían construir una vida de cortinas cerradas, horarios de oficina y amor que riega hojas de papel y grapadoras.
Sin embargo, el hecho de que tuviese un hijo provocaba en ti arcadas y vergüenza. Tenías miedo de cargarlo, verlo crecer e, irracionalmente, de que te llamara padre.
Desde que te enteraste de que Silvana había sido madre y adolescente durante años enteros, la veías como un paria. En las reuniones bromeabas sobre el niño, sobre su problema del habla y lo ausente que podía ser Silvana por tirar contigo. En tu cabeza de 26 años, los 21 años de ella no bastaban.
Imaginaste que buscaba en ti un padre para su hijo, que, después del parto, su vida había sido caracterizada por la ausencia del deseo, que, seguramente, le habían mutilado el placer.
No obstante, siendo más joven que tú, te enseñó que las mujeres también buscan poseer y no están diseñadas únicamente para sufrir.
Llevaba tiempo Silvana saliendo. Los sábados, en la noche, bailaba y llegaba con alguien hasta la esquina de la casa.
Todos eran tiernos hasta el momento en el cual veían los juguetes tirados en el piso y los cartones húmedos cerca de la cocina. Al terminar, iban al baño y, usualmente, regresaban a la cama con el cabello mojado. Fue así que, con el tiempo, entendió que todos los hombres eran hombres, y que muchos eran temporales.
—Pero tú eres un huevón —te respondió dos meses después de que hubiesen empezado a compartir camas en hostales.
Claro y directo, o imbécil y sin tacto. Le dijiste que estabas enamorándote de ella —¿lo sentías en realidad?—, pero no querías tener nada que ver con su hijo. No buscabas encariñarte con él o socorrerlo con sus problemas del habla, sobre los llantos que daba cuando su mama no podía abrazarlo en las noches. Así que, naturalmente, Silvana se enojó. Te empujó, golpeó tu pecho y su cara se llenó de asco.
«Nunca más te acerques a mí». Días después, te escribió un mensaje en una pequeña hoja de papel, durante el refrigerio, y lo dejó en tu escritorio. Según tú, todavía se comportaba como una adolescente.
En cambio, tú no escribiste una palabra, no la viste a la hora de salida. Ignoraste el dolor, le dijiste «está bien». Te retiraste, con la cólera de no tener el control de la situación y la frustración de que tu única fuente de placer en los últimos meses haya desaparecido.
Pero los días apagaron el rencor. Silvana, que también necesitaba de alguien con quien simular conversaciones luego del trabajo, dos semanas después de la discusión, rozó tu entrepierna en el horario laboral. Dos horas después de salida te escribió. Quería hacer el amor.
Tres cuadras más arriba de la oficina, llegaron a un hostal. Subieron a una habitación. No hablaron. No hubo besos, palabras o mentiras. La sinceridad revocó todas las mentiras del cariño que antes se habían profesado.
Ese día no tuviste miedo de ser padre. Te quedaste a dormir y ella se fue en silencio a su casa.
No conversaron hasta tres días después, cuando te comentó que había iniciado a acostarse con otro hombre. Y, una semana después de la confesión, me dijiste que ambos se querían demasiado.