Un kilómetro
Un mes atrás, estuve encerrado. Mi habitación era mi hábitat. Mi cuerpo a veces se confundía con la madera y mi sombra era parte de mi cuerpo. Sabía que era de día por los rayos del sol que se escabullían como agua en mi cuarto, acariciando lo oculto, brindando algo de saturación a lo triste. Me daba cuenta de la noche porque la pantalla de la MacBook se volvía la única luz.
Se podría decir que estaba triste, que había perdido el sentido de mi vida. Y, de nuevo, intenté recobrarlo.
Ya lo había intentado a los dieciséis años con los libros. A los doce, con el sudor de mi polo, luego del fútbol. Los paseos románticos de los quince.
¿Cómo había llegado a este estado? ¿Quién me había asesinado? Me daba miedo encontrar en el espejo al responsable. Ya me había acostumbrado a la vida como una curvatura de vértebras. Mi joroba delataba una sentencia voluntaria.
Las teorías en internet hablaban mucho sobre la dopamina. Se decía que una vida feliz era producto del ejercicio y el balance entre las responsabilidades y las pasiones. Por ende, dos semanas después, decidí salir a correr.
El primer ímpetu, sin embargo, propagó dudas y miedos dentro de mi mente. De repente imaginé mi cuerpo desnudo por las calles, los rollos de mi panza rebotando y la burla de los extraños. Mi nariz, en ese escenario, se rompía de respirar tan fuerte. Mis dientes se rompían, soltando gomas. Las plantas de mis pies, torturadas por la fricción y el calor, se rompían en llagas.
No quise correr cerca de mi casa por temor a ojos de quienes no conocía. La primera vez que di pasos, pensé en raspones en la rodilla, cinturas oblicuas, los ojos a centímetros del piso y ropa vieja y desteñida.
Regresé a casa, me preparé más semanas, pero llegado el día siempre decía mañana, y mañana no llegaba. Me ponía las zapatillas, luego las medias, ajustaba mi pantalón, el calzoncillo y finalmente el polo. Sí, pero al orden inverso.
Incluso había pegado notas en la pared. Quince minutos exactos correría el primer día. Al siguiente, veinte. Al que le sigue veinticinco. Así, correría veinticuatro horas, un día. Tal vez, otro veinticinco. No habría que dormir, comer, estudiar o leer. Lo imaginaba. Un año entero daría pasos ininterrumpidamente, hasta que sangrasen las piernas y los glóbulos oculares se desbordaran, cayendo como leche por mis hombros rojos, fraccionado en estrías y cansado de los movimientos helicoidales. La vuelta al mundo, un jinete del apocalipsis.
Correr me aterró durante mucho tiempo. Pensé también en los accidentes, en automóviles que escapan y mi madre haciendo cola para reclamar el cuerpo mío. Imaginé una fosa común y mi cuerpo junto al de prostitutas.
Pero un día estuve muy cansado. Un día la joroba empezó a doler. Tomé mi ropa, me vestí rápidamente y corrí. Quería aliviarme, curarme, olvidarme. Mis rodillas sonaban, sentía que mi corazón marcaba cada diez latidos un segundo, olvidé que tenía deberes o preocupaciones. Solo corrí, tropecé, me levanté.
Corrí cuatrocientos metros el primer día. Al siguiente corrí quinientos. Un mes después, llegué a correr mi primer kilómetro.